Reencuentros (6/7)

– Te he puesto sobre la alfombra para que tus forcejeos no alertarsen a tu vecina de abajo, una abuelita entrañable, pero creo que un poco sorda. Tenía la esperanza de encontrar los documentos de la Atlántida en tu maleta, ya que no los has dejado aquí. Pero cuál ha sido mi sorpresa al ver que no era así- Nuria suspiró mirando la estancia-. Así que tenemos un problema porque has escondido, mejor de lo que esperaba he de admitir, algo que yo quiero. Así que ahora- Nuria sacó teatralmente la Desert Eagle que llevaba en una funda cosida al interior de su cazadora- vamos a tener una conversación civilizada. Si gritas será lo último que hagas. ¿Está claro?- Ren asintió con la cabeza y Nuria la libró de la mordaza.

Ren estaba asustada e indefensa. Su boca estaba seca y sentía un punzante dolor en la cabeza. Tenía hambre, estaba cansada. Solo deseaba poder cerrar los ojos y, al abrirlos, encontrarse asustada en su cama tras una amarga pesadilla. Pero aquella mujer, sentada frente a ella, era muy real. Abrió y cerró la boca varias veces, intentando que la saliva fluyese y le permitiese hablar. Sin decir nada, Nuria se levantó y se dirigió a la cocina, Ren pudo oír cómo abría el grifo, supuso que para llenar un vaso de agua, luego la secuestradora partió algo, por el sonido Ren supuso que de madera, y luego escuchó dos golpes secos de un cuchillo contra la tabla de madera integrada de un lado de la barra. Regresó junto a ella y le acercó a la boca la taza de la que sobresalía un trozo de lo que Ren reconoció como uno de los troncos de su planta de bambú, ahora convertido en una pajita. Bebió con avidez, el agua tenía un sabor extraño al pasar por el interior de la planta, pero le resultó agradable. Cuando terminó, la mujer dejó la taza en la que Ren solía desayunar sobre la mesa y volvió a colocarse frente a ella en el sofá.

– ¿Vas a matarme?

– Le prometí a alguien que guardaría mi lado más sádico. Así que puedes estar tranquila, de momento.

– ¿A quién se lo has prometido?- Ren estaba confusa.

– Ya lo verás cuando venga. Pero podemos arreglar todo esto como personas civilizadas- notó cómo su captora ponía énfasis en esta palabra-, dime dónde están los papeles y no tendremos que jugar a de cuantas partes de tu cuerpo estás dispuesta a desprenderte antes de hablar.

La seriedad con la que hablaba la mujer le dio miedo. Pero sabía que había sido precavida y cuidadosa, tenía una posibilidad de poder salir de aquella.

– ¿Eres una neo atlante?

– Atlante a secas, pero sí. ¿Por qué?

– ¿Para qué quieres esa información?

– Eso no te importa- Ren sonrió, algo más relajada. Salir viva de aquella, al menos por el momento, era una posibilidad al alza.

– Si lo que quieres es que los originales se destruyan, tranquila. Ya está hecho.

Nuria pareció caer presa de una ira que asustó de nuevo a Ren. Se levantó del sofá y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación con la pistola en su mano, el sonido de sus botas contra el suelo de madera coincidían con los tics del segundero de uno de los relojes. Se colocó frente a Ren, poniendo sus manos sobre las muñecas atadas, acercándose amenazadoramente a ella.

– Ya me estoy cansado de ser una persona civilizada. No me trago que una periodista del tres al cuarto como tú haya sido tan imbécil como para deshacerse de unas pruebas antiguas que avalarían un reportaje millonario. Así que dime dónde los tienes.

– Los originales han sido quemados en la chimenea de la casa de mis padre. No ha quedado ni un pedazo legible, aún así, he recogido las cenizas y las he tirado por el baño. Esos papeles están ahora convertidos en plancton para los peces del Pacífico.

Nuria se irguió y continuó caminando con las manos a la espalda. Cogió su teléfono móvil y llamó a alguien con quien pareció hablar en alemán. Ren no entendió ni una palabra, pero no la agradó en absoluto el tono que tenía.

– Cuando llegue Zeke, vamos a ver si no se cansa de ti y las premoniciones de que podrías sernos útil y me deja masacrarte. Seguro que así te prestas a colaborar.

– A ti no pienso contarte nada.

– Entonces te cortaré la lengua, ya que no la vas a necesitar.

Ren tragó saliva, pensando que quizás se había puesto demasiado chula, cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Nuria lo buscó en su bolso y rechazó la llamada.

– Zeke no tardará en llegar- sonrió y la amordazó de nuevo.

Al colgar el teléfono, Gonzalo le dijo a Raquel que lo sentía muchísimo, pero que su secretaria lo había informado de que debía reunirse con un cliente. Se duchó con rapidez y regresó del cuarto de baño ya vestido. Se despidió de ella con un beso, y le dijo que se iría aquella misma noche, y que pronto regresaría para pasar algunos días con ella. Se fue con rapidez y Raquel marcó de memoria el número de Ren, que la había llamado a las seis de la tarde, no recibió respuesta. Reflexionando, se dio cuenta de que Gonzalo había pedido aquella habitación aunque no iba a pasar ni una sola noche en Madrid. Se levantó y miró el armario, vacío. En el cuarto de baño tampoco había nada personal. Desnuda frente al espejo sobre el lavabo, con el maquillaje corrido, el pelo alborotado, y completamente sola en una habitación de hotel, aún rememorando sobre su cuerpo las manos lentas de Gonzalo, se sintió como una prostituta desechada. Y lloró.

Zeke abonó la cuenta a su salida, no pensaba pagar todo lo que Raquel podría pedir llamando al servicio de habitaciones. Podía permitírselo, como había hecho con muchas otras, pero ella no le caía bien. Pidió al aparcacoches que trajera la moto de Israel, que había llevado al aparcamiento del hotel antes de encontrarse con Raquel, y se dirigió al edificio de Ren con prisa, no contaba con que Nuria aguantase demasiado sin ponerse violenta.

Llamó al timbre y pronto se abrió el portal sin que nadie le dijese nada. Subió las escaleras de dos en dos sin fatigarse y encontró a Nuria esperándolo en la puerta con cara de pocos amigos. Sin embargo, pudo ver que llevaba puesta la muñequera que él le había regalado. Al entrar en el piso se quitó la americana y vio a Ren. No parecía tener ninguna herida, Nuria había cumplido su palabra, lo que explicaba su mal humor. La paciencia no era una de sus virtudes.

Ren observó a Zeke. Se llamaba Zeke, el supuesto abogado que había robado el escudo, el chico del aeropuerto. Ese gran hijo de puta estaba allí. Si no estuviera atada habría corrido hacia él para golpearlo, sin importarle las consecuencias. Pero teniendo en cuenta que su sanguinaria captora estaba deseando ponerle la mano encima, agradeció estar atada a la silla para no dejarse llevar por su instinto, que en este caso, habría sido suicida.

– No te lo pierdas- dijo la mujer cruzada de brazos e inquieta-. Dice que ha destruido los papeles. Habla tu con ella, porque yo no respondo. Si se cree que voy a tragarme que ha perdido la oportunidad de su vida está…

– Shh… Tranquila. Yo me encargo de todo. ¿Hay algo de comer?- dijo Zeke abriendo ya la nevera para autocontestarse-. No. ¿Podrías ir a por unos de kebaps o algo? Me muero de hambre, y apostaría a que Ren también.

Resignada, Nuria cogió su cazadora y bajó trotando por las escaleras. Zeke observó la pistola situada sobre el sofá, a la vista de Ren y la apartó para sentarse frente a la periodista, que lo miraba con ojos acusadores.

– Hola, Ren. ¿Cómo estás?- ella se encogió de hombros-. Voy a hacerte unas preguntas para saber qué ha pasado aquí, así que espero que seas sincera conmigo. Contéstame con la cabeza- ella asintió-. ¿Nuria te ha hecho daño?

Ren se sorprendió, esperaba que pasase directamente a las preguntas sobre los malditos documentos que tanto les interesaban, sin embargo, parecía preocuparse por ella. No se consideraba una chica tonta, aquello se semejaba bastante a las malas series donde los protagonistas son un poli bueno y un poli malo. Asintió con la cabeza.

– ¿Después de reducirte?

Negó.

– ¿Te da miedo?

Asintió.

– ¿Y yo?

Se encogió de hombros y movió la cabeza de un lado a otro demostrando indecisión.

– ¿Has destruido los papeles que heredaste?

Asintió con la cabeza. Empezaban las preguntas importantes.

– Pero te has quedado una copia ¿verdad?

Dudó en qué contestar. Asintió, a fin de cuentas, era su posibilidad de salir de allí.

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